En estos días inciertos del Coronavirus, cada uno acusa sus efectos de forma diferente: algunos con niños en casa y sin poder ocuparse de ellos, otros teniendo que cerrar o reducir sus negocios y practicando ERTE’s de urgencia, los más haciendo planes de contingencia para salvar el año, los estudiantes angustiados por sus notas y créditos y nuestros mayores sufriendo por su salud y por el aislamiento obligado.

Mas allá de agradecer a nuestros farmacéuticos y personal sanitario por su gran labor (nunca suficientemente recompensada), las autoridades nos conminan a asumir nuestra responsabilidad social. 

Responsabilidad social es dejar de preguntarnos ¿qué puede hacer el sistema por mí? y empezar a preguntarnos ¿qué puedo hacer yo por el sistema? ¿por los demás? ¿por mí mismo?. El estado de alarma, con las restricciones y limitaciones que conlleva puede convertirse entonces en una oportunidad para reforzar nuestra resiliencia.

resiliencia como la capacidad humana universal para hacer frente a las adversidades de la vida, superándolas o incluso ser transformado y transformada por ellas

Grotberg (1995)

¿Qué recursos personales tenemos para afrontar esta situación? ¿Qué otras crisis hemos superado? ¿Qué podemos hacer diferente y coherente con nuestros valores? ¿De qué manera podemos aprovechar esta oportunidad de crecimiento personal?

Aplaudo todas las iniciativas que se comparten por redes sociales para hacer más llevaderos estos días haciendo un alarde de creatividad y solidaridad. Desde manualidades para hacer con niños, bolsas de horas para hacer canguros a aquellos padres que no tienen con quien dejar a sus hijos, música gratuita en streaming, listas de películas y series recomendadas, cantos corales desde el balcón o propuestas para hacer la compra de las personas mayores.

El crecimiento no proviene del sufrimiento sino de la lucha por superarlo.

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